Murió Adriana Calvo: luchar contra la impunidad no es descolgar un cuadro

Ayer, luego de enfrentar su terrible enfermedad, murió una incondicional luchadora contra la impunidad del genocidio de clase de la década el 70, como ponen acá los compañeros de El Diablo. Realmente es una lástima, un hecho que nos apena a todos, porque la hayamos conocido personalmente o no, sabemos que se fue una compañera que valía mucho. 
Seguramente ahora van a trascender más algunos hechos que explican el valor humano y la trayectoria combativa de la compañera: militante en los 70s, gremialista de la AGD, tuvo a su hija en un patrullero de la Bonaerense de los sádicos Etchecolatz y Camps. Detenida y torturada. No se quiebra y, como símbolo (en realidad mucho más que eso) de que estaba decidida a enfrentar desde el primer día a las secuelas de impunidad de la dictadura más sangrienta de nuestra historia, Adriana fue la primer testigo en el juicio a las juntas. Seguramente sintió temores por declarar siendo escrutada por la crema de los genocidas militares del 76, tan sostenidos siempre por los grandes empresarios y los partidos tradicionales. Pero la Calvo no podría estar en otro lugar más que señalando con su dedo y con sus pruebas, con orgullo, a los máximos (pero no los únicos) responsables de haber aniquilado a 30 mil personas, para acabar con una generación militante y restablecer un ambiente de negocios “previsible” para lo más granado del capitalismo. El capitalismo que hoy expresan las mismas firmas y empresas que ayer lustraron las bayonetas y los tanques, y que hoy aceptan con cinismo la “política de Derechos Humanos” que el gobierno encara como un problema estético, y que compañeros como Adriana expresan con coraje, como una cuestión necesaria, de vida o muerte.
Para Adriana Calvo la lucha contra los genocidas del 76 nunca fue una cuestión de marketing, de imagen, de réditos electorales: no se trataba de cubrir con el siempre pagadero barniz de los DDHH una estructura que genera nuevas miserias y muertes hoy, y no solo ayer. Por lo que pudimos conocerla, Adriana no rechazaba la impunidad de ayer (de la dictadura) con melancolía rutinaria, sino que la denunciaba y combatía en la medida que sus raíces se encarnan en las fuerzas represivas actuales, tantas veces reivindicadas no solamente por la derecha abiertamente represiva, sino sobre todo por los que ingenua y/o perversamente defienden que descolgar publicitariamente un cuadro, anula una estructura de genocidio, crimen organizado, gatillo fácil, que se mantiene incólume.
En una de las reuniones de Memoria, Verdad y Justicia a las que fui, que coordinaba Adriana, a alguien que quería acotar la denuncia “al pasado”, lo cortó: “¿vos creés que se trata solamente de los 9000 bonaerenses que vienen de la dictadura? No, los nuevos agentes, jovencitos, a veces son peores, pegan con más saña que los de la dictadura”. Todo lo contrario de los que venden irresponsablemente la supuesta presencia de fuerzas de seguridad reformadas.
¿Alguien se imagina a Adriana custodiando que la Policía Bonaerense reprima con determinado armamento, pero no con otro, como hizo la Secretaría de DDHH de Buenos Aires en Kraft, como si fueran víctimas del síndrome de Estocolmo? No.
Luego del 2003, Adriana y un organismo tradicional (en el buen sentido) como Asociación de ex Detenidos Desaparecidos, junto a otros “nuevos” como el Centro de Profesionales de DDHH, es decir el encuentro M, V y J, rechazaron la cooptación oportunista de los organismos por parte de un gobierno que asumió luego de una campaña electoral en la que no mencionó ni una vez la palabra “desaparecidos”.
Pero si toda la labor de Adriana y algunos organismos que no transaron fue necesaria desde la dictadura misma, la ubicación de ella y de ellos fue destacada e irreemplazable cuando la cooptación estatal de organismos tradicionales como Abuelas y Madres llegó al punto de silenciar ante la responsabilidad estatal por el secuestro de Jorge Julio López. Fue Justicia Ya de La Plata, que integraba la AEDD, el CEPRODH y otros, los que denunciaron cómo desde el mismísimo momento del secuestro de Julio, indefectiblemente en manos de la Bonaerense, comenzó una asquerosa trama de encubrimiento policial, gubernamental y judicial. El kirchnerismo denunció que era un ataque contra ellos, pero López sigue desaparecido y su secuestro sin esclarecer gracias al gobierno. Adriana fue una de las principales voces que denunció esto, cuando se logró vencer el silencio a pesar de la amistad manifiesta entonces entre el gobierno y el medio gráfico de la “madre” de hijos apropiados.
A apenas dos días de la desaparición de López, en la reunión de urgencia de M, V y J, ella contó la reunión con el Ministro del Interior, en ese momento Aníbal Fernández. Relató con denuncia punzante, pero también con frialdad, como que no podía esperar otra cosa de uno de los asesinos de Kosteki y Santillán, que muchos disfrazaron de progresista: “Fue desagradable, era un funcionario prepotente, acusatorio, que en vez de hacerse cargo de encontrarlo, se dedicó la reunión a atacarnos y afirmar que Julio era un viejito gagá que se había perdido”. Hebe de Bonafini, en el colmo de su perversión, denunciaba a López en vez de a sus secuestradores.
Esta anécdota no es menor, no es solamente una anécdota: la desaparición de López fue el hecho que, más allá de los vapores etílicos del reformismo kirchnerista, para muchos sirvió para comprender que el kirchnerismo no venía para acabar con la impunidad, sino para encubrirla, camuflarla. Para otros sirvió para cruzar la línea de los principios y nunca más volver.
Ya en el 2006 Adriana y M, V y J denunciaron el intento de copamiento estatal de la jornada a 30 años del 24 de marzo del 76. Pero sobre todo se enfrentó, y la Calvo entre las voces más autorizadas y audibles, al pérfido rol de organismos de Derechos Humanos que no contentos con redimir al estado por la desaparición de López, se prestaron para una lamentable maniobra para evitar que los organismos y partidos, entre ellos el PTS, no cooptados por la “política de Derechos Humanos de los K”, hicieran un acto combativo de denuncia de la impunidad (entre otros hechos por Cromañón y López) y exigencia en la Plaza. Esa vez, la Carlotto y un puñado de Madres, a la cabeza de un grupo de borrachos, de gente de HIJOS que cantaba la marcha peronista, y de la gente de Libres del Sur (en ese entonces, archi-archiK, ahora plantando Pinos), quisieron romper el acto en la Plaza, subiendo al palco y puteando. Patético. Un salto en la prostitución de estos organismos, salto que Hebe llevó a la máxima potencia esta semana pidiendo la represión contra los bolivianos.
A pesar de que comenzó una campaña mediática (de nuevo: en esta época en que los K y Clarín eran íntimos) para denunciar a los que “usurparon la bandera a las Madres”, Adriana fue una de las que denunció con personalidad que fueron las Madres las que pisotearon las causas que les dieron su nombre y su prestigio. Al respecto, en una entrevista a La Vaca, la Calvo decía que “Estela y otras, con tanta familia en el gobierno, están jugando en política a favor del gobierno olvidándose del rol de los organismos que presiden”. Sobre ese 24 de marzo, Adriana denunció con ironía: “Estela subió al palco pero no habló, tal vez por temor a los chiflidos de tanta gente que la vio marchando del brazo con Felipe Solá o haciendo el acto de Aníbal Ibarra, o tantas cosas hacia atrás, incluidos sus abrazos con Menem”. Adriana Calvo tenía autoridad para decir esto
Por último queremos decir que siempre Adriana aceptó e impulsó denunciar los ataques a las libertades democráticas actuales, en conflictos de trabajadores durísimos, en ataques políticos. En todos estos sentidos, la compañera Adriana Calvo, independientemente de las diferencias que pudieran tenerse, fue una luchadora incansable e incondicional, que estaba ahí cuando muchos se borraban. Cuando organismos de gran prestigio permutaron sus ideales y enrollaron sus banderas, Adriana las abrió más amplias que nunca. Realmente es una gran pérdida.
Adriana Calvo, en la misma entrevista a La Vaca, cuenta que cuando dio a luz a su hija en el asiento de un auto de la brigada de la muerte Bonaerense se prometió que “si mi beba vivía y yo vivía iba a luchar todo el resto de mis días para que se hiciera justicia”. Vaya si cumplió.
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