Su tradición y la nuestra (a propósito del congreso de la Juventud Sindical y una polémica iniciada en el periódico Nuestra Lucha)

Va un nuevo post, una reflexión en común con “El diablo”…

Hace poco más de un mes volvió a salir a la calle el periódico obrero Nuestra Lucha, una iniciativa impulsada por dirigentes obreros y militantes de comisiones internas y agrupaciones clasistas, o del llamado “sindicalismo de base”, de distintos lugares del país, muchos de ellos miembros del PTS y también independientes, como los compañeros del Sindicato Ceramista de Neuquén.

En las 24 páginas de este segundo número hay varias discusiones que merecerían uno o varios posts. Pero en particular quisimos abordar una polémica iniciada con la JSP y algunas apostillas de su reciente primer Congreso en Mar del Plata.

El congreso de la juventud sindical, que se hizo el 14 de abril en Mar del Plata, puso sobre la mesa el objetivo “estratégico” de obtener mayor poder político para los sindicatos dentro del proyecto peronista –concretamente, consiguiendo más cargos en las listas y puestos en el muy probable tercer mandato kirchnerista en manos de Cristina– y reclamando a la vez una “profundización del modelo”. En lo esencial, esta línea es la misma que expresó Moyano en su discurso del 29 de abril.

Pero el Congreso tuvo la particularidad, que no permiten los actos de masas, de hacer un poco de propaganda… hablar de la tradición, del programa político y esas cosas de las que no solo hablamos los trotskistas.

En Mar del Plata, tanto los jóvenes (con una acepción amplia de juventud, ya que muchos orillaban los 40 años), como sobretodo los gerontes de la burocracia sindical que estuvieron de invitados principales, como el empresario marítimo Omar “Caballo” Suarez o el propio Hugo Moyano, hicieron en sus intervenciones una reivindicación general de los “programas históricos” del movimiento obrero argentino, como el de La Falda (1957), Huerta Grande (1962) o el del 1º de mayo de 1968 de la CGT.

Facundo Moyano hasta se dio el lujo de citar a Rodolfo Walsh en su discurso, cuestión que no le deja pasar nuestro compañero Franco Villalba, delegado de la CI de Jabón Federal, en su artículo “De tal palo…”. Dice Franco: “En el discurso de Facundo Moyano, el principal dirigente de la JSP, no faltaron las apelaciones a Rodolfo Walsh (aquel que denunció a la burocracia cegetista en su libro ¿Quién mató a Rosendo?) y al programa de la CGT de los Argentinos. Pero la posta fueron los cursos de doctrina sobre su propia historia, y eso que los muchachos son parte de una tradición nefasta.” Y nos recuerda que la Juventud Sindical Peronista “fue fundada en 1972 por José Ignacio Rucci. Fue la Juventud que hizo de fuerza de choque, con matones y culatas, contra los luchadores clasistas de aquellos años. Eran los que se la tenían jurada al mismo Walsh que hoy recitan.”

Pero el orden de la trama en el Congreso lo puso Hugo, el papá, como plantea muy bien otra nota firmada por la redacción de Nuestra Lucha, con el sugerente título “Su tradición y la nuestra” que tomamos para este post.

En su discurso, Moyano mencionó algunos momentos de la historia de la clase obrera, como la lucha de socialistas y anarquistas por formar los primeros sindicatos, la formación de la CGT en los años ‘30, para terminar la emergencia de Perón y los sindicatos integrados al peronismo como la “culminación” necesaria de la historia obrera en nuestro país. Como leemos en Nuestra Lucha, “Una operación ideológica de la burocracia sindical peronista para ‘expropiar’ gran parte de la historia heroica del movimiento obrero argentino, presentándose a sí mismos como los ‘herederos naturales’ de esa tradición. Pero su tradición y la nuestra siempre estuvieron enfrentadas.”

Dilucidemos primero las falsedades. La historia de la clase obrera argentina, en sus orígenes desde fines del siglo XIX hasta la década de 1930, es la historia de un movimiento obrero heroico y combativo. Con la participación de anarquistas y socialistas, desplegó violentos métodos de lucha, enfrentando a las fuerzas represivas y a los carneros de las patronales, realizando grandes huelgas generales y gestas heroicas como la Semana Trágica, la Patagonia Rebelde, las huelgas de la Forestal, las grandes huelgas ferroviarias, de los portuarios y los trabajadores de los frigoríficos. El movimiento obrero argentino nació así como un movimiento que enfrentaba al estado y a los patrones, y contra estos construyó sus sindicatos, como instrumentos de lucha obrera, como herramientas independientes del estado capitalista y de los patrones para la defensa de sus intereses de clase.

Este proceso de construcción de sus propias organizaciones continuó en los años ‘30, a pesar de la brutal represión del régimen instaurado tras el golpe de Uriburu. Durante toda la década sufrió persecuciones y represiones de parte del régimen conservador, manteniendo algunas de sus tendencias, como los comunistas, una relativa independencia respecto al estado. Así fue que el movimiento obrero realizó entonces enormes gestas de lucha, como la huelga de la construcción y la huelga general de 1936. Pero esta independencia no se mantuvo inalterada. Los comunistas, dirigidos por la burocracia estalinista, dilapidaron su influencia en el movimiento obrero levantando un programa de colaboración de clases con la burguesía y ubicándose en el campo del imperialismo norteamericano durante la segunda guerra mundial.

En este marco, el ascenso del peronismo, significó la liquidación de la independencia política del movimiento obrero y con ello, la expropiación de toda su historia anterior. Lejos de los que afirman los peronistas trasnochados y sus adláteres de la burocracia sindical, el peronismo no fue el momento de “mayor poder” de los trabajadores en la historia. Si por un lado, los trabajadores se fortalecieron durante el peronismo formando poderosas organizaciones sindicales,  obteniendo grandes conquistas y una mayor participación en la distribución de la renta nacional, lo hicieron al costo de perder la independencia de sus organizaciones, que pasaron a ser reguladas y controladas directamente por el estado capitalista. Sin duda, la primer gran “estatización” que hizo el peronismo… fue la de los sindicatos. De este modo, los trabajadores se “integraron” a un proyecto político nacionalista burgués cuya estrategia era la “armonía entre el capital y el trabajo” y, por lo tanto, subordinaba los intereses de los trabajadores a los de los capitalistas. Así se formó la “columna vertebral” del movimiento, aquella que lo sostiene pero nunca es su cabeza.

Pero si la historia que cuenta Moyano y sus pichones ya es falsa, la reivindicación de los “programas históricos” del movimiento obrero en el Congreso de la JSP es una cargada. Los programas de La Falda, Huerta Grande y el del 1º de mayo de 1968, efectivamente tienen una “continuidad histórica” entre ellos y es la de ser programas orientados por la ideología del nacionalismo burgués en el movimiento obrero, más allá de sus costados más “zurdos” –para espanto de los peronios– signados por la situación de radicalización política y social que se vivía en nuestro país y en el mundo a finales de los años ‘60. Su límite estratégico es que se plantean como objetivo el desarrollo de una industria nacional y un estado capitalista más fuerte, y por lo tanto subordinando los intereses obreros a la burguesía sin proponerse superar el sistema de explotación capitalista.

Pero aun así, para hacer honor a la verdad, debemos decir que son enormemente más radicales y avanzados que cualquier consigna o programa defendida alguna vez por la CGT moyanista. En aquellos programas se planteaban consignas como: “Nacionalizar todos los bancos y establecer un sistema bancario estatal y centralizado”, “Implantar el control estatal sobre el comercio exterior”, “Nacionalizar los sectores claves de la economía: siderurgia, electricidad, petróleo y frigoríficas”, “Expropiar a la oligarquía terrateniente sin ningún tipo de compensación”, “Implantar el control obrero sobre la producción” (Huerta Grande). O en el caso del programa de la CGTA: “Los sectores básicos de la economía pertenecen a la Nación. El comercio exterior, los bancos, el petróleo, la electricidad, la siderurgia y los frigoríficos deben ser nacionalizados.”, “Los compromisos financieros firmados a espaldas del pueblo no pueden ser reconocidos”, “Los monopolios que arruinan nuestra industria y que durante largos años nos han estado despojando, deben ser expulsados sin compensación de ninguna especie”, “Sólo una profunda reforma agraria, con las expropiaciones que ella requiera, puede efectivizar el postulado de que la tierra es de quien la trabaja” (Programa de la CGTA, 1º de mayo de 1968).

En las carpetitas del congreso de la JS estaban impresos estos programas, pero no es más que pura cháchara para apostar todas las fichas a la reelección de Cristina, quien lejos de “nacionalizar los sectores claves de la economía” mantiene las privatizaciones de los ‘90, como en el caso de Techint. La CGT de Moyano reivindica un gobierno y un modelo que se ufana el mérito de “reconocer los compromisos financieros firmados a espaldas del pueblo”, volviendo a negociar con el FMI; que sigue pagando la deuda externa ilegitima y lo reivindica como una política de desendeudamiento, que sigue dejando en manos del imperialismo los principales recursos energéticos, naturales y estratégicos del país como el petróleo, la minería, las telecomunicaciones o la producción alimenticia.

Entonces, si de tradiciones hablamos, la nuestra está en las gestas heroicas de los orígenes del movimiento obrero argentino. Y también en las que los muchachos de la JSP y el moyanismo se cuidan de nombrar, en el Cordobazo, el Villazo, el Rosariazo, en la unidad obrero-estudiantil, en el clasismo cordobés y los sindicatos como el STRAC-SITRAM, en las coordinadora interfabriles y las jornadas de junio y julio de 1975 que se cargaron a Rodrigo y López Rega, que se enfrentaban a la burocracia sindical, entre los cuales había muchos que hoy siguen atornillados a los sillones de los sindicatos o se mueren de viejos allí mismo.

Pero también es una tradición antiimperialista e internacionalista, “lejos del falso nacionalismo del que hace alarde la burocracia. Por ello reivindicamos las gestas heroicas de la clase obrera mundial, que protagonizó centenares de revoluciones y levantamientos obreros y populares, como la revolución rusa, el mayo francés, la primavera de Praga y tantas otras.”

Una tradición que hoy es retomada por el “sindicalismo de base” que se extiende desde abajo en las fábricas, los obradores, los establecimientos, entre los sectores más explotados, los tercerizados, los jóvenes y las mujeres, los que están en negro, los inmigrantes, encabezado por los dirigentes del sindicato ceramista de Neuquén que después de cumplir tareas sindicales vuelven a trabajar en la línea de producción, o los delegados combativos del subte que enfrentan a la UTA, o las compañeras y compañeros de la Comisión Interna de Kraft, o los combativos compañeros de la Bordó del Roca y tantos otros.

Una tradición opuesta al “modelo sindical” de la CGT moyanista, que hace 9 años que no realiza ni un solo paro nacional y sostiene a un gobierno bajo el cual las patronales acumulan enormes ganancias, mientras siguen habiendo millones de trabajadores precarios y en negro o desocupados; un “modelo sindical” que se basa al mismo tiempo en el poder de una burocracia mafiosa y patoteril, como la de Pedraza en ferroviarios o la UOCRA atacando a los docentes en Santa Cruz. ¡Eso sí que mantienen de la tradición dela vieja burocracia peronista! La misma de la que salieron los esbirros de la triple A, los que entregaban a los delegados combativos a los milicos en la dictadura y luego siguieron al frente de los sindicatos para hacerse millonarios.

Como termina la nota ya citada de Nuestra Lucha, “Hay tradiciones y tradiciones. Las trabajadoras y trabajadores clasistas tenemos la nuestra.”

Josefina y El Diablo

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