El significado de la lucha callejera (por Juan Valenzuela desde Chile)

Compartimos un artículo del compañero Juan Valenzuela, profesor y militante del Partido de Trabajadores Revolucionario – Clase contra Clase, que es la organización hermana del PTS en Chile. Este artículo fue publicado en el periódico del PTR-CcC, que se puede leer completo acá

EL SIGNIFICADO DE LA LUCHA CALLEJERA

La histórica jornada de trabajadores y estudiantes, el 25 de agosto, ha servido, también, para actualizar un importante debate al interior de la izquierda: ¿qué rol juega la lucha callejera en un proceso de movilizaciones? Aquel día se produjeron varios hechos. Por ejemplo cuando un grupo de jóvenes comenzó a armar una barricada en la Alameda, un sector de la marcha les arrojó limones en señal de repudio. Hubo altercados entre encapuchados y dirigentes sindicales. Y cuando un amplio sector de manifestantes quería arrojarle piedras a los policías; dirigentes sindicales, militantes de las JJCC y la Concertación, formaron un cordón humano entre éste y la policía, de tal forma de proteger a esta última de posibles piedrazos. Mientras un sector, dirigido por el PC y la Concertación, se ha mostrado más bien reacio a cualquier tipo de enfrentamiento contra las fuerzas represivas, otro sector, compuesto principalmente por jóvenes de colegios municipales, técnicos e industriales -precarizados y estigmatizados como “sopaipas”-, y por algunos universitarios, ha revelado una enorme disposición a pelear contra la policía, con piedras y barricadas. Algunos “colectivos populares” intentan montarse sobre este sector, todavía sin éxito. ¿Qué significado tiene este debate?

Arturo Martínez hizo eco de la criminalización de los jóvenes que lucharon en las calles. “Siempre –afirmó- el movimiento social ha tenido dos problemas, la represión de la derecha y los gobiernos, y la ultraizquierda que hace el trabajo para la derecha. Los que están hoy día en las barricadas, los que asaltan, los que se aprovechan de nuestras convocatorias no son nuestros, no le hacen ningún bien a nuestras convocatorias, no compartimos con ellos, pero es la mano de la derecha la que hace ese trabajo” (La Nación, 25 de agosto).
Las palabras de Martínez le hacen mal al movimiento obrero y popular. A nuestro modo de ver, la lucha callejera es una de las conquistas del actual movimiento estudiantil, que, por ejemplo, estuvo ausente el 2006. Arturo Martínez la amalgama con los asaltos y con la derecha. ¿Pero acaso los miles de jóvenes que desafiaron a la policía el 4 de agosto son asaltantes derechistas? ¿Qué hubiese sido del movimiento si ese día agachábamos la cabeza y nos retirábamos para nuestras casas? El gobierno tendría el control. Pero no lo tiene porque miles no aceptaron la represión policial y combatieron en las calles. Y otros miles rodearon de solidaridad el combate, caceroleando desde sus casas y barrios. La lucha callejera es un punto de avance en la conciencia de miles de jóvenes y del pueblo trabajador. El 4 de agosto fue un cuestionamiento a la suspensión del derecho a manifestarnos. La sumisión tendría mucho más peso sin la respuesta del 4 de agosto. Probablemente, gente como Zalaquett se habría envalentonado mucho más, y se habrían producido desalojos masivos. Una derrota importante.
El Partido Comunista, desde entonces, ha acatado sistemáticamente la prohibición de marchar desde la Plaza Italia. En la “Marcha de los Paraguas”, a través del Colegio de Profesores, se encargó de denunciar a la policía cualquier foco de enfrentamiento, previo acuerdo con la Intendencia. El PC, que el 4 de agosto desobedeció a la prohibición, realizó un giro a la obediencia, con el fin de no escalar en la lucha callejera. Es que de precipitarse en ese camino, los márgenes para su política se verían seriamente reducidos. ¿Cómo implementar un “plebiscito” si los choques con las fuerzas represivas se hacen cotidianos? ¿Podrían Camila Vallejo y Jaime Gajardo estar negociando con el gobierno y los parlamentarios, si miles se enfrentan a la policía? Para canalizar el proceso en los marcos institucionales, es necesario que los métodos de manifestación no excedan la “normalidad”.

Pero ya no tienen el control. En la marcha del 25 querían “mantener la paz”. Pero entre 10.000 y 20.000 jóvenes lucharon contra la policía. Incluso los “colectivos populares”, acostumbrados a pequeñas escaramuzas y a acciones desligadas de los movimientos reales, “de masas”, quedaron descolocados ese día y los anteriores. Por ejemplo la mañana del 24, en la Facultad de Filosofía y Humanidades, donde –a instancias de Las Armas de la Crítica- se había votado una comisión de autodefensa que preparó y dirigió por más de tres horas la pelea con la policía, estas organizaciones “populares” que hacen de la lucha callejera un fetiche, se quedaron como espectadoras. Es que ahora se trata de la explosión del descontento en amplios sectores de la juventud. No del heroísmo estéril de pequeños grupos. El odio y la rabia por esta sociedad miserable y este gobierno empresarial que nos condenan a las deudas y al hambre se hacen sentir en cada enfrentamiento que surge en alguna esquina. Se está moldeando una juventud combativa y sin miedo. El peso de la dictadura –con el que cargan varias generaciones- comienza a desvanecerse en los niños y jóvenes que luchan en las calles y avenidas.

Todavía falta que la clase trabajadora se despoje de ese miedo. En la marcha del 25 de agosto en Santiago, al menos la mitad de los presentes eran trabajadores del sector público. Pero en las barricadas y cortes de tránsito, sólo los jóvenes peleaban. Los trabajadores presentes miraban con simpatía, duda o reticencia. El PC y la Concertación, conscientes de eso, buscaron usarlos para frenar la lucha de calles. Pero no pudieron, una vez que comenzó la represión.
No es casual que los dirigentes de la CUT no hayan buscado preparar activamente el paro en sectores estratégicos y/o precarizados de la clase trabajadora. Si hubiesen marchado destacamentos de obreros industriales, subcontratados, mineros, portuarios o pionetas, ¿no hubiese sido acaso mucho más difícil parar la lucha callejera? Recordemos que han sido precisamente los mineros subcontratados y los portuarios, los sectores de la clase trabajadora que más choques han tenido con la policía. En las huelgas industriales, también es típico ver algún tipo de choque con la policía.

Los marxistas revolucionarios reivindicamos y somos parte de la lucha callejera en cuanto esta es masiva y no el fruto de alguna “conspiración de pequeño grupo”. Esto no le hace el juego a la derecha, como pretende Martínez. Sólo sus declaraciones, que criminalizan a esos miles de jóvenes, le hacen el juego a la derecha.

Sin embargo, para los marxistas revolucionarios, la lucha de calles, si bien posee un enorme valor moral y capacidad de “interrumpir la normalidad” en las ciudades, no posee la fortaleza que posee el método de la huelga general que golpea en el corazón mismo de la sociedad capitalista. La huelga general no sólo pone en disposición de lucha a miles o millones de trabajadores, también afecta directamente las ganancias capitalistas y desorganiza a sus fuerzas represivas. La clase trabajadora chilena, todavía no despliega en toda su magnitud su arma más filosa. Pero la intransigencia gubernamental y la prepotencia de los patrones, lo ponen cada vez más a la orden del día.

Para conquistar la educación gratuita y derribar el régimen de la democracia blindada (heredada de la dictadura y basada en el binominal) es imprescindible la combinación de estos métodos de lucha. El poder político patronal, en todos sus niveles, está ligado a instituciones educacionales privadas. Los intereses que defienden la educación de mercado, son enormes. No dudarán en desplegar más ofensivamente sus cuchillos represivos si la lucha da mayores pasos.
Por ejemplo, la Federación de Instituciones de Educación Particular, consciente de que el proceso actual cuestiona sus ganancias, ha emitido –el 24 de agosto- un instructivo en el que llama a usar todos los mecanismos represivos a los propietarios de colegios subvencionados particulares. Aclara que los dirigentes gremiales de los profesores no gozan de fuero. Si se paralizan las actividades, plantea que se puede descontar lo correspondiente de los salarios. Llama a la aplicación de la ley 20.084 a los menores de 18 pero mayores de 14. Y al uso de la policía si se producen tomas. ¿Se imagina usted a esta gente cediendo de “buena manera” sus propiedades si en un plebiscito gana la opción “educación gratuita”? No. No será así. Lo harán sólo si la fuerza de estudiantes y trabajadores se lo impone.

Los políticos patronales de la derecha y la Concertación, buscan y buscarán defender a toda costa a sus amigos empresarios educacionales. Por eso esta pelea está completamente ligada a la pelea por derribar la institucionalidad de la democracia blindada, el parlamento binominal con diputados y senadores designados, e inaccesible –por ley- para los dirigentes sindicales. La lucha contra la educación de mercado se conecta con la lucha contra el régimen de la democracia protegida. Ambos objetivos son imposibles si nos negamos a luchar con los métodos de la huelga y la lucha callejera. Para desplegarlos es necesario impulsar Asambleas Obreras, Estudiantiles y Populares, y Comités de Autodefensa. En el camino de poner en pie una Asamblea Constituyente Libre y Soberana basada en la movilización del pueblo trabajador.

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