Postales del triple crimen de Rosario

Compartimos nota de Sebastián Ortega, publicada en Cosecha Roja acá.

La masacre de Rosario, el primero de enero de 2012, fue apenas un episodio en una guerra que todavía no terminó. Los coletazos de la pelea por el control de la venta de droga en los barrios siguen de múltiples maneras: amenazas y asesinato de testigos, abogados que dejan la ciudad por miedo y una sensación de que los protagonistas se sienten tan protegidos que -como el joven apodado Quemadito en la imagen que ilustra esta nota- no dudan en publicar fotos suyas blandiendo armas en las redes sociales.

Sebastian Ortega – Para Cosecha Roja.-

Nadie en el barrio sospechó que las más de cuarenta detonaciones no eran parte de los festejos de año nuevo, sino el sonido de la primera masacre de 2012. Recién cuando vieron llegar a Moki embarrado desde los pies hasta el cuello entendieron qué pasaba.
-¡Se la dieron a los pibes! ¡Se la dieron a los pibes!- gritaba con una mueca de terror.
En el lugar de la masacre, los reflectores de la canchita se encendieron. Entre charcos de sangre, decenas de vecinos rodeaban cuerpos moribundos. A los gritos pedían que alguien llamase una ambulancia. Un rato antes, en ese lugar, Marcelo Moki Suárez, su primo Claudio Mono Suárez y sus amigos Jeremías Jere Trasante y Adrián Patom Rodríguez tomaban cerveza y charlaban mientras esperaban a unas amigas para ir a una fiesta.
Los cuatro habían llegado a la canchita de la Asociación Infantil Oroño de Villa Moreno, en la zona sur de Rosario, quince minutos antes. Allí, se sentaron en los banquitos de chapa frente al alambrado que está atrás de uno de los arcos. Un par de luces de la calle iluminaban parte del terreno de juego. Lo demás era oscuridad. Por calle Biedma, junto al baldío, estacionó una Kangoo blanca de la que bajaron cinco hombres con linternas.
Sergio El Quemado Rodríguez encabezaba la banda. Vestía un pantalón oscuro y una chomba verde y blanca que no alcanzaba a ocultar el chaleco antibalas que le inflaba el pecho. Tenía una gorra blanca y en sus manos sostenía una ametralladora FMK3, un arma de guerra de fabricación nacional capaz de disparar a una velocidad de 650 balas por minuto.
Detrás de él venían Daniel Teletubi Delgado -21 años, alto, musculoso y de brazos tatuados- y Brian Damiancito Romero, de 20 años. Este último llevaba un chaleco con la inscripción Policía en letras blancas con el que solía pasearse por el barrio en una moto Tornado.
Avanzaban a paso lento pero firme. Conocían a la perfección el lugar y sabían por dónde entrar para atacar por sorpresa. Por esta forma de moverse y por las armas que empuñaban, una vecina pensó que se trataba de un operativo policial.
Cerrando el grupo estaban Brian Pescadito Sprío, de 23 años -con la misma remera escote en V que usaba para ir a bailar- y Gerardo El Jeta Mansilla, en ese entonces menor de edad. Arriba de la Kangoo de su padre, con el motor encendido, aguardaba Mauricio Palavecino, alias Maurico.
Los cinco hombres atravesaron el baldío y se arrimaron al banquito en el que estaban los pibes.
-¿Dónde está Ezequiel? –preguntó varias veces El Quemado.
El resto de la banda, apostada detrás de los pequeños arbustos, apuntaba con pistolas 9mm esperando en silencio que el jefe actuara.
-Pará, loco, que no tenemos nada que ver –tartamudeó el Mono.
-Quédense quietos –amenazó el tipo de la metra.
El Moki fue el primero en desobedecer. Salió para el lado de calle Quintana y corrió por la canchita. El Mono lo siguió. Pato no alcanzó a moverse. Cuatro balazos lo atravesaron. El Jere quedó tirado con las piernas cruzadas sobre el cuerpo de su amigo. La médica forense que le practicó la autopsia contó siete disparos –seis de ellos con orificio de salida-. El examen determinó que se encontraba “en actitud de huida”.
El Mono aguantó un poco más. Antes de caer fulminado, alcanzó a recorrer unos 30 metros mientras su cuerpo moreno de más de 120 kilos recibía seis tiros en la espalda, el glúteo y la mano.
El Moki, delgado y ágil, siguió corriendo. Atravesó a toda velocidad la canchita sintiendo las balas picar a su alrededor, saltó el alambrado y cayó en la zanja.
La persona a la que en realidad buscaban era al Negro Ezequiel Villalba, un pibe de 23 años que inició su carrera delictiva robando motos para la policía. Después de pasar un tiempo preso por un escruche, el Negro comenzó a disputarle al Quemado la venta de droga en el barrio. Esta batalla lo había llevado a intentar asesinar, un rato antes, al hijo del Quemado: el Quemadito.
Una chica que vive frente a la canchita jura haber visto un cruce de disparos entre el Negro Ezequiel y los hombres que escapaban del club. Y que cuando el Negro se quedó sin balas, salió corriendo y se metió en un pasillo. Unos minutos después apareció en la puerta de su casa, a unos 100 metros de la escena del crimen. Los vecinos vieron que envolvió la 9mm en la remera que acababa de sacarse y que se la dejó al padre.
La banda se subió a la Kangoo blanca. En la huida hirieron a dos chicas y a dos muchachos que seguían festejando en la vereda.
Roque Keko Suárez, hermano del Mono, estaba en la vereda con su familia y unos amigos que habían venido de Paraná cuando vio aparecer a su primo doblando la esquina. El Moki acababa de escapar de la masacre y estaba –más allá del susto y las manchas de barro- perfectamente sano. El cuerpazo del Mono, que corrió detrás suyo, funcionó como escudo humano al quedar ubicado entre él y la mira de la FMK3.

***

El Quemado se hizo famoso cuando la Justicia ordenó detenerlo y la foto de su prontuario apareció en comisarías, juzgados y medios de todo el país. En el ambiente del hampa ya gozaba de cierto prestigio. En septiembre de 2010, las cámaras del estadio de Newell’s captaron el momento en que durante un partido contra Independiente atacó por la espalda al líder de la barrabrava leprosa, Diego El Panadero Ochoa. Lo acompañaban su hijo Maxi, alias el Quemadito, y otros dos hombres. Las imágenes mostraban al jefe siendo arrastrado por las escaleras y desvestido frente a la policía.
El Quemado, hasta ese momento mano derecha del capo, buscaba ocupar su lugar. Tenía el apoyo de un grupo de rebeldes y de Los Monos, la banda más importante de la ciudad. La principal fuente de ingresos de este clan, que comanda la familia Cantero, es la distribución de drogas en la zona sur.
Un año después aquella pelea televisada, comenzó en Villa Moreno una guerra entre bandas narco. En este barrio de pasillos angostos, poblado en su mayoría por obreros de la construcción y cartoneros, el Quemado decidió resolver a balazos las diferencias con la banda del Negro Ezequiel que, según decía, le “mejicaneaba” los kioscos de droga.
Una tarde de octubre, el Negro Ezequiel, Facundo Osuna y otros tres pibes asaltaron un búnker de drogas del Quemado. La banda se llevó, además de una buena cantidad de cocaína y marihuana, dinero en efectivo y varias armas. Antes de irse golpearon a la mujer que atendía el kiosco. El Quemado juró venganza.
La madrugada del 29 de diciembre de 2011, dos días antes de la masacre, en la Kangoo blanca hacían tiempo El Quemadito, Mauricio Palavecino y Gerardo Jeta Mansilla. Esperaban a Facundo Osuna, por ese entonces de 17 años, para matarlo. Tenían el dato de que estaba en una fiesta en la zona.
Los padres del dueño de casa no estaban y el joven había invitado a sus amigos. El ambiente se puso tenso. El Jeta amagaba con aparecer y pudrirla. Pero eso no sucedió. Un amigo en común terció para evitar el desastre. Hay quienes sostienen que fue esa misma persona quien entregó a Facu informando a los atacantes todos sus movimientos.
Matar a Facu era un plan b: una venganza que en realidad estaba dirigida a su jefe, el Negro Ezequiel. Ya habían intentado matarlo a él en varias oportunidades. Por uno u otro motivo, este siempre lograba salvarse. En una ocasión, el joven jugaba al fútbol en la canchita del club Oroño cuando aparecieron en un auto y en varias motos disparando al voleo. Un tiempo antes, en el mismo lugar, un soldadito del Quemado gastó un cartucho de metralleta apuntando desde el baldío hacia los banquitos del club. Ese día, el Negro ni siquiera estaba ahí. Quizás tampoco haya estado la vez que desde la calle le agujerearon a balazos el portón verde de su casa. Como el Negro Ezequiel siempre escapaba, decidieron probar suerte con su amigo de la infancia.
Eran cerca de las seis de la mañana. Facu llegó a su casa en la moto de otro pibe.
-Venite a dormir que es tarde –dijo Claudia, la madre, al verlo entrar.
Él contestó que sí, que ya volvía. Tomó un cigarrillo para su amigo y volvió a salir. Minutos después, una ráfaga hizo saltar a la mujer de la cama. Afuera, en el pasillo de Dorrego al 4000, dos pibes jugaban al tiro al blanco con su hijo.
En la camioneta, frente al volante, los esperaba Palavecino.
-Ya está, ya está –escuchó que decían, pensando que lo habían matado.
Cuando Claudia abrió la puerta de calle, vio a Facu retorciéndose en el suelo. Cuatro balas le habían atravesado las piernas. Una de ellas le perforó un tobillo y otras trece habían impactado entre las paredes del pasillo y la puerta de chapa negra de la casa. Dos plomos, incluso, lograron perforarla y se incrustaron en un tapial que hay detrás.
Con ayuda de algunos vecinos, los hermanos cargaron a la víctima en un auto que pasaba por la calle. A unos 20 metros -desde la esquina de Dr. Riva-, varios policías, a bordo de dos patrulleros, se marchaban después de ver la escena.
Al día siguiente, el comisario Abel Santana se acercó con otros uniformados al lugar del hecho. Según familiares de Facu, los recibió la abuela del chico y les ofreció la bolsa plástica que contenía los casquillos de bala y las vainas que entre todos habían recogido.
-No sirven, señora. Tírelos -respondió el oficial.
Tiempo después, cuando desde el Juzgado que investigaba la masacre de año nuevo se interesaron en este episodio, el comisario de la 15ª pidió a Claudia que aportara el material probatorio del ataque a su hijo. Era tarde. La bolsa, las vainas y las balas recorrían el circuito de la basura en algún relleno sanitario de la ciudad.

***

La noche del 31 de diciembre, unas horas antes de la masacre, Maxi Rodríguez, el hijo del Quemado, cenó con su familia en una parilla de Pellegrini y Francia. Poco después fue a buscar a su novia, Sofía Lafattigue, a la casa de una amiga. Llegó en su BMW gris, uno de los tantos autos en los que se movilizaba la banda. También tenían otro BMW negro, un Peugeot 307 gris, un Fiat 147 color crema, un Ford Focus gris, un Peugeot 206 bordó, un Megane cupé gris, otro de cuatro puertas color champagne y un Escarabajo rojo. Cuando actuaban en grupo, solían utilizar la Kangoo blanca.

Los tres jóvenes charlaron en la puerta de la casa de la chica hasta que decidieron salir a dar una vuelta. Pasaron a saludar a la hermana del Quemadito por lo de la suegra y fueron a buscar a una amiga de ellas. Como la chica no estaba en la casa, siguieron unas cuadras más, hasta Vera Mújica antes de llegar a Garay, dónde suponían que podían encontrarla. Iban despacio, con los vidrios abiertos y atentos por si la veían en la oscuridad de la calle.
Junto a la ventanilla del conductor, apareció una moto roja de alta cilindrada. Manejaba Matías Danonino Segovia. Atrás iba el Negro Ezequiel.
-¡Ey! –fue la única palabra que se escuchó.
El Negro Villalba gatilló varias veces, primero a través de la ventanilla y luego –cuando se detuvo el BMW- delante del parabrisas. El Quemadito respondió el ataque con su 9mm. Ninguna bala dio en el blanco. La novia se bajó y se escondió detrás del baúl del auto. “Cuando dejé de escuchar los disparos me asomé y vi que mi novio venía caminando hacia mí bamboleándose y se cayó al piso”, declaró la chica.
Tres balas impactaron directamente sobre el Quemadito causándole heridas en la mano, en la parrilla costal y en el hombro. Una cuarta le rozó la nuca.
El lugar se llenó de gente. El Quemadito se desangraba en el suelo y gritaba que se moría. Su novia le sacó el celular que llevaba en la cintura y marcó el primer número que encontró.
A los 10 minutos, Daniel Teletubi Delgado, el joven grandote de brazos tatuados, manejaba su BMW negro rumbo al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez. Sofía, sentada en el asiento de atrás con su amiga, alcanzó a escuchar que entre quejidos, El Quemadito pronunciaba el nombre de su atacante: Ezequiel.
En el hospital, al Quemedito lo subieron a una camilla entre Teletubi y Pescadito Sprío. En la filmación de una de las cámaras de seguridad del Clemente Álvarez quedó registrado el momento en que Teletubi hablaba con el oficial de guardia, Lisandro Martín, mientras este último hacía anotaciones en el libro de ingresos del hospital. El peritaje posterior demostró que el nombre del Quemadito había sido borrado y encima se anotó a otro paciente. Por este hecho, el oficial Martín está procesado por encubrimiento agravado e incumplimiento de deberes de funcionario público.
En una causa paralela al triple crimen, también están procesados el ex comisario Inspector de la Zona 3º, Eduardo Ismael Carrillo y el suboficial Norberto Claudino Centurión. Se los acusa de haber otorgado “seguridad” a Sofía Laffatigue luego del intento de homicidio de su novio. Según consta en el expediente, los policías hablaron con el Quemado para que cite a la chica en una estación de servicio de Ovidio Lagos y Dr. Riva, en la que le explicaron de qué manera debía hacer la denuncia en la Comisaría 15ª.
En las cámaras de seguridad del hospital, además, quedó grabada la llegada del Quemado, que vestía la misma chomba verde y blanca y el pantalón oscuro que describió el sobreviviente de la masacre. Después de intentar hablar con los médicos, el Quemado se fue acompañado de Teletubi y Pescadito.
Casi una hora más tarde, los tres heridos llegaron al hospital a bordo de dos vehículos particulares y un patrullero. Jere, Mono y Patom -los tres militantes del Frente Dario Santillán- compartieron los últimos minutos de vida junto al hijo de su asesino. Los médicos que atendieron al hijo del Quemado en la sala de urgencias ya habían logrado estabilizarlo cuando trajeron a los jóvenes. Jere y Patom murieron a los pocos minutos. El Mono lo hizo un rato más tarde, después que le practicaran inútilmente técnicas de reanimación.
En una de las habitaciones del mismo Hospital, Facundo Osuna –el primer herido de esta guerra- dormía al cuidado de su hermano menor.

***

El 24 de marzo a la noche, casi tres meses después de la masacre, la madre del Mono Suárez participó de la marcha por el aniversario del golpe de estado. Volvió a su casa al anochecer y desde allí, poco después de llegar, escuchó los gritos que venían de la calle. Afuera, familiares del Negro Ezequiel discutían con parientes de los militantes asesinados. Cuando la mujer salió, uno de los Villalba le apuntó con una escopeta.
-Me vas a tener que matar –contestó la mujer-, porque mientras siga viva voy a pedir justicia por lmi hijo.
La gresca terminó con varios detenidos y una denuncia en Tribunales.
Cinco meses después, Roque Suárez -hermano del Mono-, se cruzó con dos hermanos del Negro Ezequiel cuando volvía de llevar a su hijo mayor al colegio. Estaba con su mujer y su bebé.
-¡Vení a pelear, puto! ¡Dejá de batir la cana, piquetero muerto de hambre!- le gritaron.
Keko rechazó la invitación, como otras tantas veces había hecho desde que mataron a su hermano. Los Villalba respondieron con una lluvia de piedras. Un rato después, desde la puerta de la casa, los vio venir a bordo de una moto. Alcanzó a tirarse detrás de un Peugeot 505 estacionado sobre la vereda antes de que uno de ellos gatillara cinco veces su 9mm. Los balazos se repartieron entre el parabrisas, la óptica delantera del auto y la chapa de la casa.
A 30 metros, frente al baldío, tendrían que haber estado los dos patrulleros que había ordenado la Justicia.

***

Después de declarar en la causa del triple crimen, Facundo Osuna empezó a vivir con miedo. No quería que su familia saliera sola a la calle. Cada noche, su hermana tomaba un taxi para ir al bar en que trabajaba. Él caminaba con dificultad, sosteniéndose con las muletas. Su salida favorita era tomar sol en la vereda. Una tarde, desde allí vio que pasaba un tipo armado en moto.
-Dejá de batir la cana –gritó el desconocido.
Las amenazas llevaron a Facundo a intentar rectificar, en la audiencia ante el juez, sus dichos anteriores. Su declaración era la que permitía enmarcar el triple crimen en un enfrentamiento narco.
Durante la audiencia, la fiscal le habló casi a los gritos. Amenazó con abrirle una causa por falso testimonio si no le contaba al juez lo que ya le había dicho a ella: que el Quemadito, el Jeta Mansilla y Mauricio Palavecino fueron los que lo balearon en la puerta de la casa en diciembre. Finalmente se quebró y, entre llantos, contó todo lo que sabía.
La vida pareció retomar su curso. El 19 de julio, Facundo se despertó contento. Estaba por iniciar la rehabilitación que le permitiría volver a caminar con normalidad luego de casi siete meses de convalecencia. Además, ese era su primer día de trabajo en una cadetería.
-Mami, hoy vos y yo vamos a tener un propósito- le dijo a su madre durante el desayuno.
-¿Ah, si? Mirá vos- contestó Claudia.
A la noche, un rato antes de las nueve, el Facu salió en la moto a cobrar una ropa que había vendido. Prometió volver enseguida. Eran más de las diez cuando la hermana, que estaba en la cocina junto a su madre, recibió un mensaje de texto: lo habían baleado. Al llegar al hospital, se enteraron que el chico había muerto de cuatro disparos.
Las circunstancias y la forma en que fue asesinado aún no han sido aclaradas. La policía dijo que pudo ser un “problema de polleras” o una rivalidad futbolística. En el barrio, las versiones van desde un ajuste de cuentas hasta un intento por silenciar forzosamente a los testigos.
Luciano Vecchio, de 27 años, fue detenido por este homicidio. Varios meses después del hecho, sus familiares denunciaron haber sido víctimas de amenazas. La casa de la novia del acusado fue saqueada e incendiada. El abogado Marcelo Martorano, defensor de Vecchio, renunció al caso y se fue varios días de la ciudad por temor a una venganza.
En la zona sur de Rosario, una ciudad en la que una persona es asesinada cada 48 horas, esta guerra sigue abierta. Una guerra millonaria que involucra a narcos, policías y miembros del Poder Judicial, pero cuyo blanco predilecto son jóvenes de entre 15 y 25 años.

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