Lear: la táctica y la alegría

No ganamos nada aún. De tal modo que escribimos esto como los soldados de batallones que, en medio del fragor bélico, se regalan un instante para fumar un cigarrillo y escuchar una guitarra mal tocada. La jornada de lucha nacional (la tercera en tres semanas) por Lear fue un éxito. Osea: no ganamos nada aún, pero hoy “ganamos”. Porque se logró cortar la principal arteria nacional aunque todo el Estado se preparó concienzudamente para que tal cosa no ocurra. No fue picardía, ni viveza (o al menos no fue solo eso). Como lo mencionó un medio: fue creatividad. La clase trabajadora no tiene la opción de ser creativa, de innovar. Tiene la obligación. Como juega de visitante, como siempre parece que está atacando (aunque, en realidad, siempre reclama algo que le fue robado: salario, puestos de trabajo, muertos), los trabajadores (y la izquierda como representación política) tienen que romperse el coco para expresar, cada día de manera distinta, la justeza de su reclamo. Hoy fue la caravana, que es la “continuación de los piquetes y de la lucha, solo que por otros medios”.

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Los trabajadores, irónicamente, forman una clase que habla el lenguaje universal de los “sin nada”, idioma ancestral que representa al 90% de los mortales. Pero su voz es inaudible. Porque los medios de comunicación son “vaquitas ajenas”. Porque los editorialistas de los grandes diarios (no así los periodistas) hablan contra los obreros, de oficio. Por eso hay que preparar los tubos de ensayo, agregar una pizca de esto y un puñado de aquello, y repensar las formas de estorbar la normalidad que (lamentablemente) es la manera de decir: pasa esto. Nos echaron. Nos robaron. Nos pegaron. O nos mataron a un compañero.

De esas quimeras hoy salió la caravana y, con justicia, nos elogian nos medios, y los Ministerios de la Represión y el Orden fallaron. Ojo: nuestros éxitos duran lo que una ventisca. Porque nuevamente surgen escollos y porque el Estado (¡recontra!) aprende. Pero hoy, ver esos autos viejos o nuevos, propios o en plan de pagos, chocados o destartalados, ser el instrumento de un reclamo de decenas de familias que tienen que romperse el alma para poder decir algo tan obvio y tan evidente como que los despidos en Lear son injustos y que “su” “sindicato” se agacha, nos llenó de alegría. En esta batalla, solo hoy, venció nuestro método frente a un Estado que la única innovación que hace es alquilar nuevos perros, agregar filas de esbirros.

Y porque, a nuestro modo, y aprendiendo todos los días, pegamos como un solo puño. Cortando una Ruta en Rosario. Un puente en Neuquén. Bloqueando en Córdoba y marchando más allá. De ese modo mostramos que, contra todo corporativismo o regionalismo, y con recursos incomparablemente menores que los patrones, el Estado y la lacra sindical, tomamos estas batallas como gestas nacionales donde nos jugamos todo. Cada compañero y cada compañera lo hace entre sus horas de trabajo, entre sus problemas y miserias. Pero siempre con la frente alta y el ceño lleno de orgullo. Esas madres de pañuelos blancos que con una mano rechazan los fajos de plata del Estado y con la otra abrazan a obreros desconocidos que son, para ellas, sus hijos, nos dicen que algo bien estamos haciendo.

La clase trabajadora no tiene nada que perder, más que sus cadenas, como decían Marx y Engels. Y sacarse eso de encima es duro, hay que remarla, pero es algo glorioso. Y hoy lo fue. Hoy hablamos de táctica pero también de la alegría.

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